Cupido –para los griegos Eros
y para nosotros Amorcillo-
era hijo de Venus
y, como ella, dedicó su vida a las actividades amorosas. Fue amamantado por
bestias salvajes en medio de la selva y, ya algo crecido, el angelito se dedicó
a probar su puntería contra los mismos animales que lo habían criado. Sus
herramientas eran el arco y las flechas, que disparaba directamente al corazón
de los amantes, incendiándolos con el fuego de la pasión. Lleva alas para dar
a entender que el amor es un sentimiento pasajero que se consume y desaparece
con los años. Él mismo, conforme fue creciendo, llegó a quedar abrasado por sus
propias flechas y se dedicó en cuerpo y alma a conquistar a Psiquis.
Psiquis
era, a su vez, una muchacha hermosísima pero veleidosa y cambiante como ella
sola. Conociendo estas características, Cupido quiso ligársela usando su punto
flaco: el
anonimato y el efecto sorpresa. Se aplicó a darle todo lo que se le
antojaba, fuesen palacios, ropas y todo tipo de caprichos. Pero jamás se dio a
conocer a ella. La historia se va enredando en una serie de bucles que la hacen
algo tediosa e inferior en atractivo a
otras de la mitología. A pesar de esto, ambos personajes –Cupido y Psiquis- han quedado
para la posteridad como prototipos del amor puro, del cariño auténtico y de la conquista bien
ganada.
La obra de
inicio es un cuadro del francés F. Gérard, al que podemos englobar dentro del
movimiento pompier.
Eros
se acerca cariñosamente a su amada para depositar en su frente un casto y sentido
beso. Ésta, ajena a todo, parece no enterarse de nada, su mirada permanece
extraviada y se pierde en la lejanía. Él la conoce a ella y la ama, pero ella
aún desconoce de quién está recibiendo tantas muestras de amor. Este anonimato
es lo que da sentido a este amor mutuo. Cuando Psiquis conoce por fin a Cupido,
la magia se destruye y todo lo que su amante le había regalado desaparece,
quedando únicamente la soledad y la miseria.

Poco queda
en estas dos obras de la compleja historia mitológica. El afecto mutuo ha
pasado de lo temporal a lo eterno y Psiquis ha cambiado su veleidad por un arrebato
duradero. Su amor mutuo queda para la posteridad como el ejemplo de un amor
adolescente al que la misma pasión vuelve maduro.
El amor, ese extraño sentimiento que a unos los enaltece y
a otros los “entontece”... O la la, l’ amour!, -que dirían los
franceses. Por lo menos algún francés lo dijo., seguro...
Muy buena entrada.
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