
La obra pictórica de Norman Rockwell se mueve en el dífícil y arriesgado equilibrio entre el arte y la ilustración. De hecho, gran parte de sus cuadros se fueron publicando como portadas de revistas, concretamente del Saturday Evening Post. Es un tipo de pintura que gusta a todo el mundo, a la gente mayor por las cosas que cuenta, siempre con un toque de humor y a los más entendidos por cómo las cuenta, con una técnica hiperrealista y un poder de observación más que encomiable. El dibujo es en todos los casos intachable y sus escenas dan siempre una impresión de vida cotidiana que nos sorprende.
Veamos un ejemplo: un niño llega a la consulta del médico porque nota un cierto malestar y además le duele el pecho. El doctor le ordena subirse a la silla y bajarse los pantalones, por ese orden. Mientras espera el pinchazo fatal, el niño se entretiene leyendo con dificultad y atención los diplomas que garantizan que no se trata de un falso médico. Su cabello es pelirrojo y tiene todas las trazas de ser muy travieso. Hiperactivo diríamos hoy.

Rockwell retrataba, más que pintaba, las cosas y a las personas de su entorno. Vivió en Stockbridge, Massachusetts y en esa localidad tiene un museo dedicado a su obra. La estación es fría y por eso el niño viste pantalones de pana, guantes, abrigo forrado por dentro y gorro con orejeras. Los mismos muebles del armario y la persiana nos hacen transportarnos mentalmente a la década de los 60, la de las grandes revoluciones sociales en todo el mundo. El médico es también el médico de aquel pueblo en aquella época y tiene nombre y apellido. Todo muy real y todo muy creíble.
La gente esperaba con expectación las portadas del Saturday Evening Post, porque se veía reflejada en sus escenas amables y cotidianas. Durante 47 años estuvieron publicándose en el semanario y en la mitad de ellas aparecían uno o varios niños. Escenas costumbristas en las que cualquiera podía participar, porque ocurrían a diario. Por eso a Rockwell se le considera el cronista gráfico de la América en desarrollo durante medio siglo.
En 1963, el pintor dejó el Post y empezó a colaborar con la revista Look. Para ella se planteó temas más profundos y comprometidos, como los derechos sociales, la segregación racial, la pobreza y otros. Temas estos propios de la historia. Pero personalmente creo que lo suyo era la intrahistoria, la historia del día a día entre las cuatro paredes del hogar y las cinco calles del pueblo.
Sin duda con el cambio ha ganado en trascendencia, pero, ¿ha ganado en interés? ¡Qué queréis que os diga! Ya no es lo mismo...