jueves, 6 de octubre de 2011

115 / EL GRECO Y LA BALLENA




Este cuadro del Greco, que actualmente se encuentra en El Escorial (Madrid), fue pintado por el artista cretense con la única intención de halagar al rey Felipe II, ganarse sus favores y, casi seguro, atraer la atención real sobre su arte, porque el monarca estaba buscando pintores para la decoración del Real Monasterio. Lo logró, pues el rey le encargó una obra de prueba y Doménikos pintó El Martirio de San Mauricio, que no resultó del agrado del rey Felipe, que lo rechazó a pesar de reconocer la valía del autor. La que ahora nos ocupa se titula Apoteosis de la Liga Santa.

La intención interesada se nota al primer golpe de vista. Tocó al Rey en la fibra más sensible, en la organización de la Liga Santa para luchar contra los turcos, que abocó en la gran batalla de Lepanto. Como es típico en las grandes obras alegóricas del Greco, representa ambos mundos, el terreno y el celestial, en imbricada armonía. En la parte inferior (detalle 1), podemos ver en círculo a los representantes de las repúblicas que eran miembros de la Ligael Dogo, de espaldas, por Venecia, el Papa por el Vaticano, Don Juan de Austria, como un centurión romano, por España y algunos más- a los que acompaña Felipe II (detalle 2), totalmente vestido de negro y arrodillado en actitud de adoración ante el Nombre de Jesús, representado por sus iniciales –JHS: Jesús Hombre Salvador- en la parte superior de la composición, sobre un fondo dorado.

Alrededor, el pintor hace intervenir a las fuerzas del cielo y a las del infierno. Éstas últimas –como siempre los fragmentos más atractivos e interesantes- se ven en la parte derecha: un mar de fuego al que se lanzan los condenados presos de la desesperación. A él llegan, no en la barca de Caronte como tantas veces hemos visto, por ejemplo en la Sixtina, sino en el estómago de una inmensa ballena, como Jonás. El cetáceo (detalle 3) los va tragando mientras resopla fuego y cenizas por las narices y ellos se van acomodando entre gestos de sufrimiento y estallidos de incendio. Por medio se ven varios esqueletos y uno de ellos -la muerte-, guadaña en ristre, va segando las vidas de los que están destinados al mar de fuego. Todo muy miguelangelesco por lo musculoso de los cuerpos y lo exagerado y amanerado de las actitudes. No en vano el Greco fue uno de sus discípulos aplicados.

Suponemos que la obra gustó al Monarca, pues se la quedó para su nuevo Monasterio, que llegó a ser la obra de su vida. El Greco era un lince en el tema de buscar encargos y encontrar clientes y –exceptuando al Rey- todos debían quedar muy contentos, pues de algunas obras tuvo que hacer hasta cuatro y cinco copias, tal era la abundancia de pedidos. Pero eso no restó un ápice a su calidad, a su técnica impresionista adelantada a su tiempo ni a su vibrante sentido del color.

Porque, amigos, Greco sólo ha habido uno y, afortunadamente, se vino a España y aquí se quedó...

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