jueves, 15 de marzo de 2012

137 / UN DIBUJO ANIMADO DEL SIGLO XV


Casi cinco siglos antes de la invención del zootropo, del kinetoscopio, del fusil fotográfico de Marey, de la cámara sincronizada de Muybridge y de otros artilugios ideados para simular movimiento por las mentes inquietas del siglo XIX -tiempo en que surgió también el cine como tal-, ya Fray Angélico nos muestra en el siglo XV un intento de representar el movimiento real en fotogramas sucesivos. En mis variadas lecturas he encontrado ensayos similares en el arte mural egipcio –más elementales, por supuesto- y bien conocido para todos es el jabalí de las cuevas de Altamira con ocho patas, con las que pretende huir del estatismo y reflejar, simultáneamente, al menos dos de las posiciones de un animal que corre.

Este cuadro se llama Martirio de San Cosme y San Damián (Louvre, París), hermanos y sanadores ambos en su época y hoy día patrones de los médicos cristianos. En un paisaje de la Toscana –patria del pintor- aparecen los dos santos con sendas túnicas, una azul y otra roja. A la izquierda reza, con los ojos tapados y con túnica amarilla, otro personaje que también espera la muerte. Un velado homenaje a la pintura por medio de los tres colores básicos, capisce?

El verdugo, con el mandoble en ambas manos -de ahí el nombre de la espada-, acaba de decapitar a Cosme y se vuelve para hacer lo mismo con Damián. Pero ahora el pintor se esfuerza en representar con detalle la caída del cuerpo del mártir pues, de derecha a izquierda, vemos cómo, en una primera imagen, el cuerpo se mantiene recto mientras brotan chorros de sangre del cuello; en la segunda se inclina hacia adelante, cayendo como un fardo y en la tercera yace, ya exánime, en tierra. De haber cogido estas tres imágenes la empresa Walt Disney o PIXAR, habrían estructurado, con la incorporación de algunas posiciones intermedias -hoy día encomendadas a los programas informáticos-, el movimiento de un cuerpo inerte en caída hasta llegar al suelo. Al fin y al cabo, la sensación de movimiento real que vemos en el cine se basa esencialmente en un desfile de imágenes sucesivas pero yuxtapuestas que son proyectadas sobre una pantalla a una velocidad de 24 fotogramas por segundo.

Y contando, claro, con una característica de nuestra visión que se llama persistencia retiniana, que hace que los impulsos ópticos permanezcan en la retina una pequeña fracción de tiempo –la veinticuatroava parte de un segundo concretamente- hasta que es sustituida por la siguiente, creando así la sensación de movimiento real...

Curiosamente, Fray Angélico ya intuyó algo de esto hace casi quinientos años. Pero le faltaba la cámara. Lástima, porque ¿te imaginas al león de la Angélico-Goldwin-Mayer en pleno Renacimiento, teniendo de productores a los Médici? ¡Menudo puntazo!

1 comentario:

  1. No conocía esta obra ni esa forma de contar una historia en una misma imagen. Me parece muy interesante. Gracias,

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