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lunes, 6 de julio de 2009

EL BUITRE DE LEONARDO






Leonardo da Vinci nació en un pequeño pueblo cercano a Florencia llamado Vinci, de donde sacó su apellido. Fue hijo natural de Piero da Vinci, notario, y de Caterina, de profesión campesina y por ello sin derecho a apellido. Al poco tiempo Caterina casó con un hombre de su clase y Piero con una tal Albiera di Giovani. El niño siguió viviendo con su padre varios años, por lo que almacenó recuerdos tanto de su madre como de su madrastra.
En realidad, de su infancia no conocemos nada, salvo un sueño descrito por el mismo Leonardo en uno de sus libros: “En el más remoto recuerdo de mi infancia acude a mi memoria que, hallándome todavía en la cuna, vino hacia mí un buitre, me abrió la boca con la cola y, repetidas veces, me golpeó con ella entre los labios. Tal era mi destino.” A partir de este breve texto, y estableciendo relaciones con los significados del buitre en el antiguo Egipto, el profesor Sigmund Freud de Viena escribió un ensayo sobre la relación edípica de Leonardo con su madre biológica, a pesar de lo poco que la conoció.
En el cuadro Santa Ana, la Virgen, el Niño y el cordero (h. 1500, Museo del Louvre, París), aparecen la Virgen María y su madre que, según Freud, son unas claras referencias a la madre y a la madrastra del artista, que a su vez fueron motivo -siempre según el psicólogo vienés- de la supuesta homosexualidad de Leonardo. En este cuadro –véase el dibujo adjunto- Sigmund Freud creyó incluso encontrar la figura camuflada del buitre, símbolo, desde Egipto, de la homosexualidad.
Hoy parece que dicha tendencia de Leonardo no fue tan supuesta, sino real, lo que podría explicar el hecho de que no contrajese jamás matrimonio. Además, está documentado que, en 1525, todos los alumnos del taller de Andrea Verrocchio -entre los que se encontraba Leonardo ya con 23 años-, fueron acusados de sodomía, a la que en aquella época se conocía como el vicio nefando. En dicho taller compartió enseñanzas con los que luego serían los mejores de la escuela florentina, incluido Sandro Botticelli, con quien se asoció para abrir una taberna donde se servían exquisitos platos al estilo de lo que hoy llamamos “nueva restauración”. Pero ésa ya es otra historia...

sábado, 4 de julio de 2009

Arte de Bolsillo

DOS YUPPIES DEL SIGLO XVI




Se llaman Jean de Dinterville el de la izquierda, Georges de Selve el de la derecha y son franceses. Aún les bulle la juventud por las venas y ya son embajadores de Francia en la corte inglesa. Realmente son unos J.A.S.P. (Jóvenes Aunque Suficientemente Preparados), la gente de su entorno los considera unos auténticos V.I.P.s (Very Important Persons) y encajan como un guante en el ambiente de los W.A.S.P. (White Anglo Saxon Protestant). Son la flor y nata de la diplomacia y han estudiado en las mejores escuelas de su tiempo, siendo los dos los número uno de su promoción. Y además son guapos, su porte es distinguido y visten de lo más fashion, por lo que se llevan de calle a las damas de la Corte anglosajona.


La verdad es que se han preparado para ello y han trabajado día y noche para conseguir llegar a donde han llegado. Dominan la Astronomía, la Geografía, la Música, la Poesía, la Oratoria y bastantes disciplinas más, según indican los objetos alegóricos que el pintor Hans Holbein el Joven les pone como fondo en esta obra que está en la National Gallery de Londres. El lujo y el refinamiento los rodea por doquier. Tienen de fondo una valiosa cortina verde de brocado y sus zapatos pisan un costosísimo suelo decorado con taraceas realizadas con los mármoles más valiosos por los mejores artesanos. Todo de la mejor calidad y al precio más elevado.


Pero son mortales... -piensa el artista para sí, austero como es en su vida y en su estilo- y alguien debe recordárselo, aunque sea de forma velada... Y se lo dice, a modo de recomendación cariñosa Memento mori (Recordad que hemos de morir)- como mejor sabe hacerlo: con el lenguaje del arte. Por eso pone delante de ellos esa extraña forma alargada del primer plano. Ellos la ven y, desde su pose espontánea, saben que nosotros también la vemos. El aviso es para todos. A primera vista parece un ectoplasma salido de cualquier película de Spielberg, o una masa amorfa en descomposición, pero en realidad es la clara imagen de una calavera que sólo es posible ver en su estado real mirándola de arriba a abajo en diagonal, siguiendo la dirección de la figura. Se trata de un juego gráfico basado en la deformación calculada de una figura y en su posterior corrección perspectívica, eligiendo para ello el punto de vista adecuado. Se llama ANAMORFOSIS. Sólo es posible recuperar la forma original pegando el ojo a la pantalla en la dirección indicada. Inténtalo, que un poco de gimnasia siempre ayuda. ¡Ah, y sin olvidarte de cerrar el ojo izquierdo!


El buen Arte siempre sorprende y pone las cosas en su sitio. La vida es un excelente tema para el arte. También la muerte. Ambas –vida y muerte- pueden ser transformadas en belleza. Ya lo dijo Picasso. ¿O no fue Picasso? Pero alguien lo dijo...


domingo, 28 de junio de 2009

arte de bolsillo

AUTORRETRATO DE PIEL VUELTA

 

 

            En la pared que hace de cabecera en la Capilla Sixtina, Miguel Ángel representó una impresionante escena –El Juicio Final-, en la que una muchedumbre de personajes rodean a Jesucristo, que aparece en actitud amenazante. Los más próximos a Él son los santos y en la parte inferior se encuentran los condenados; los personajes más próximos a Jesús son aquéllos que estuvieron en contacto directo con Él, es decir, los apóstoles. A los pies de Jesús, y a su izquierda -nuestra derecha-, hay una figura corpulenta y con barba que no es otro que San Bartolomé, apóstol que murió literalmente despellejado o, por decirlo de otra forma, mondado como una fruta. En la mano derecha lleva un cuchillo –instrumento y símbolo de su martirio- y en la izquierda una extraña forma arrugada que no es otra cosa que su misma piel.

La cosa no tendría mayor interés si no es por hecho de que el rostro que el pintor ha puesto a esta piel (acercar con el zoom) no es otra que su autorretrato, uno de los pocos que Miguel Ángel dejó para la posteridad. En medio de esa cara adusta y de ademán serio, podemos percibir una nariz ancha, aplanada y bastante torcida. Este hecho fue consecuencia de una pelea que el pintor sostuvo en su juventud, cuando aún era aprendiz en el taller florentino de Andrea Verrocchio, con un condiscípulo llamado Pietro Torrigiano. Este propinó tal puñetazo a nuestro artista en el rostro que le partió la nariz, dejándolo touché para toda la vida. El mismo M. A. -adulto ya y famoso- en un texto de evocación de aquel incidente juvenil, apunta cómo, simultáneamente al impacto, "oyó el crujido del hueso al romperse".

Más tarde, este tal Torrigiano se vino a trabajar a España y aquí alcanzó una merecida fama, no como boxeador, sino como escultor oficial de la Corte, dejando una gran cantidad de excelentes obras en nuestro suelo. Por otra parte, Miguel Ángel parece que, además de un gesto adusto, tenía un carácter impulsivo y bastante insufrible, lo que propició que, aunque su estilo -el Manierismo- ejerció una gran influencia en los años siguientes, no tuviese discípulos que pudiesen convivir con él y aprender de su mano los secretos artísticos. Con él seguramente nació el mito del artista independiente y solitario –que luego el Romanticismo haría además pobre e incomprendido- que podía permitirse el rechazar un encargo, viniese de quien viviese, porque tenía una autoestima y una conciencia de su valía a prueba de bombas.